Quien visita un templo tibetano por primera vez se encuentra ante una multitud de imágenes que puede resultar desconcertante: figuras serenas con aureolas doradas, divinidades de múltiples brazos, guardianes de expresión feroz con corona de calaveras y piel de tigre en la cintura. Según una convención ampliamente aceptada, existen hasta 5 000 imágenes distintas en el universo iconográfico del budismo tibetano. Todas ellas tienen un papel, una función y una razón de ser; aparecen en el mundo material en respuesta a la invitación o la necesidad del practicante.
La clasificación de estas figuras no siempre es rígida ni definitiva: un bodhisattva puede actuar como deidad guardiana, un protector del dharma puede también ser objeto de meditación personal, y una misma figura puede aparecer en formas pacíficas o airadas según el contexto. En el budismo tibetano, los devotos no analizan el estilo individual de cada figura sino la naturaleza del conjunto: lo que importa es comprender el papel de cada imagen dentro del mandala (དཀྱིལ་འཁོར་, kyilkhor), la representación simbólica del universo iluminado.
Los budas (Tathagata, དེ་བཞིན་གཤེགས་པ་)
La palabra buda evoca en muchas personas la figura histórica del príncipe Gautama Siddhartha, conocido como Shakyamuni (ཤཀྱ་ཐུབ་པ་, Shakya Thubpa), el fundador del budismo. Sin embargo, en la tradición tibetana el término designa a todo ser que ha alcanzado la iluminación espiritual completa, y todos ellos reciben el nombre de Tathagata, «el que ha llegado así» o «el Iluminado».
Junto a Shakyamuni, los budas más representativos son los Budas de las Cinco Familias, que ocupan las cinco direcciones del mandala: Vairocana, Akshobhya, Ratnasambhava, Amitabha y Amoghasiddhi. Cada uno representa un agregado distinto de la experiencia y está asociado a un elemento, un color y una dirección: Vairocana al blanco y al este, Ratnasambhava al amarillo y al sur, Amitabha al rojo y al oeste, Amoghasiddhi al verde y al norte, y Akshobhya al azul y al centro.
Otros budas de especial relevancia son Bhaisajyaguru (སངས་རྒྱས་སྨན་བླ་, Sangye Menla), el buda de la medicina, muy venerado en todo el este de Asia; Vajrasattva (རྡོ་རྗེ་སེམས་དཔའ་, Dorje Sempa) y Vajradhara (རྡོ་རྗེ་འཆང་, Dorje Chang), ambos considerados budas tántricos de alto rango.
Aunque las imágenes de los budas no son tan ricamente decoradas como las de otras figuras del panteón tibetano, están sin duda en el centro del mundo del mandala.

Los lamas (བླ་མ་): maestros y guías espirituales
Los lamas no son divinidades, pero en el budismo tibetano su posición puede superar en aprecio incluso a la de los propios budas y deidades, porque sin ellos sería imposible recibir las enseñanzas. Un lama puede ser el fundador de una escuela, una figura histórica que alcanzó la iluminación, un maestro en activo o un lama reencarnado reconocido por su linaje. Son el puente vivo e insustituible entre el practicante y el dharma.
Los bodhisattvas (Jangchup Sempa, བྱང་ཆུབ་སེམས་དཔའ་)
Los budas que han alcanzado la iluminación completa no regresan al mundo secular, pues se han liberado definitivamente del ciclo de los renacimientos. Los bodhisattvas, en cambio, son seres que han alcanzado esa iluminación pero han decidido libremente permanecer en el mundo para ayudar a todos los seres a liberarse de sus apegos y sufrimientos. Encarnan el altruismo en su forma más pura, que es el núcleo del Mahayana, el Gran Vehículo del budismo tibetano.
El número de bodhisattvas es ilimitado, pero los más venerados y populares en el Tíbet son:
Avalokiteśvara (སྤྱན་རས་གཟིགས་, Chenrezig): la encarnación de la compasión de todos los budas. Es el bodhisattva del que se considera reencarnación el Dalái Lama, y su mantra, Om Mani Padme Hum, es la fórmula más recitada en el Tíbet.
Manjushri (འཇམ་དཔལ་དབྱངས་, Jampeyang): la encarnación de la sabiduría. Se le representa sosteniendo una espada de fuego con la que corta la ignorancia y un loto con el texto de la Prajnaparamita.
Tara (སྒྲོལ་མ་, Dolma): la diosa de la compasión activa, nacida según la tradición de una lágrima de Avalokiteśvara. Existe en 21 formas; las más conocidas son la Tara Verde, protectora de los peligros, y la Tara Blanca, asociada a la longevidad.
Vajrapani (ཕྱག་ན་རྡོ་རྗེ་, Chakna Dorje): la encarnación del poder y la fuerza iluminada. Aparece en forma airada sosteniendo un vajra o rayo. Junto a Avalokiteśvara y Manjushri forma la tríada de los tres grandes bodhisattvas que representan la compasión, la sabiduría y el poder.
Maitreya (བྱམས་པ་, Jampa): el «Buda del Futuro», destinado a aparecer en este mundo dentro de aproximadamente 5 670 millones de años. Aunque técnicamente es un bodhisattva, la tradición lo venera ya como el próximo buda histórico que habrá de venir.
Los choekyong (Chos skyong, ཆོས་སྐྱོང་): protectores del dharma
Los choekyong son deidades cuya función es proteger el budismo y a sus practicantes de todo aquello que amenace las enseñanzas. Muchos de ellos proceden originalmente del hinduismo o de la religión Bon y fueron incorporados al panteón budista tibetano tras ser «sometidos» simbólicamente y convertidos en guardianes. Su aspecto suele ser feroz o terrorífico precisamente por eso: porque se enfrentan a las fuerzas que amenazan el dharma.
El más célebre de todos es Mahakala (མགོན་པོ་, Gonpo): su nombre viene del sánscrito maha («grande») y kala («negro»), y es considerado la encarnación más feroz del bodhisattva Avalokiteśvara, aunque su naturaleza interna sea de compasión pura. Según la tradición tibetana, originalmente fue un antiguo demonio convertido por los budas Manjushri y Avalokiteśvara en protector del dharma. Es al mismo tiempo un yidam, una deidad de meditación personal.
Hayagriva (རྟ་མགྲིན་, Tamdrin) es un bodhisattva que puede también considerarse un choekyong. Los Cuatro Reyes Guardianes, entre ellos Vaishravana, y la diosa tocando el laúd Sarasvati (དབྱངས་ཅན་མ་, Yangchenma) son igualmente choekyong de gran popularidad. Un caso especialmente conocido es el de Nechung: era una deidad local del Bon y con el tiempo se convirtió en el oráculo oficial del gobierno tibetano y en protector personal del Dalái Lama.
Los yidam (ཡི་དམ་): deidades de meditación personal
El yidam es la deidad tutelar personal de cada practicante del budismo tibetano. Monjes, templos y comunidades tienen el suyo propio, que les es presentado por el lama en el momento en que comienzan a recibir sus enseñanzas.
Muchos yidams se representan en la forma denominada Yabyum (ཡབ་ཡུམ་, «padre y madre»): figuras con múltiples brazos y piernas, rostros rojos o azules de expresión furiosa, pieles de tigre en la cintura y sosteniendo a una consorte femenina. Esta iconografía, que tanto llama la atención al visitante no iniciado, es una representación simbólica de la unión entre sabiduría y compasión, no una representación literal.
Un ejemplo elocuente es el de Vajrabhairava (རྡོ་རྗེ་འཇིགས་བྱེད་, Dorje Jigje): pese a su apariencia de toro furioso y brutal, es en realidad la encarnación airada de Manjushri (Jampeyang), uno de los bodhisattvas más serenos y sabios del panteón tibetano. La ferocidad exterior es siempre un instrumento de compasión, nunca un fin en sí mismo.
La consorte del yidam recibe el nombre de Kandroma (མཁའ་འགྲོ་མ་, Dakini) y es también una figura religiosa venerada por el pueblo. La diosa Palden Lhamo (དཔལ་ལྡན་ལྷ་མོ་) es el yidam que protege al Tíbet entero: es la única mujer entre los tradicionales «Ocho Guardianes de la Ley» y se la representa cruzando un mar de sangre sobre una mula, símbolo de que no se detendrá ante nada para proteger el dharma.
En Tíbet Plaza, las figuras que encontrarás en nuestras piezas artesanales, thangkas y objetos rituales no son decoración arbitraria. Cada imagen representa una función, una energía y una tradición que lleva siglos transmitiéndose. Conocer a estas deidades del budismo tibetano es la mejor forma de apreciar la profundidad de lo que tienes entre manos.
